miércoles, 25 de junio de 2014

Artistas de la rambla.

La calle de los perdidos es un callejón sin salida donde deambulan angustiosos los transeúntes de la ciudad de Nilia. Artistas de la rambla, nunca tuvieron morada y desconocen por tanto la descripción de hogar y molicie. Para ellos dar su dirección es mirar al cielo y señalar el sol, que aún eclipsado por las alondras es capaz de emitir la luz de la certidumbre.
 Ninguno de ellos se conocen, nunca intercambian palabras, se limitan a mirarse a los ojos y a husmear su propia piel para encontrarse a ellos mismos en el ser del otro errante. Encogen su cuerpo, sus pupilas se dilatan, y a la caída de sus párpados comparece el descanso. El descanso de la agonía, de la desesperanza. El descanso de la miseria. El reposo de la desgracia.  
Los transeúntes del callejón de los perdidos, en sueños se vuelven artistas, colorean de imaginación y deseo la utópica ciudad de Nilia. Donde no viven olvidados, donde hay caricias de una familia. Donde los sueños se vuelven arte y los callejones sin salida, se vuelven desidia.


(La ciudad de Nilia en sueños, son los ojos del corazón.)

domingo, 9 de marzo de 2014

Jaque al vammainen

Y allí estaba yo, como todos los años en la víspera de Navidad, intentando adivinar que se cocía por allí arriba.  Sí, desde muy enano me preguntaba qué hacían mi padre y mi abuelo Enrique sentados durante tantas y tantas horas en aquella mesilla, cuya superficie no era apenas capaz de vislumbrar por mi reducida estatura,  no porque fuese bajo, sino porque era un simple ser de no más de siete años, que a pesar de las  características curiosas y aventureras, típicas de su edad, se preguntaba más “por qués” que cualquier otro niñito de su generación.

Aquel año, al acercarme tan estrechamente a aquel tablero de cuadraditos blancos y negros, de canto grueso y superficie reluciente, sentía como por fin me rozaba la nariz con el borde de la mesilla. Era capaz de sentir las ondas sonoras del golpe de las figuras al posarse infaliblemente sobre sus respectivos cuadraditos. Observaba cómo mi padre siempre mostraba la misma jugada, exhibía dos de sus peones blancos nada más comenzar, intentando persuadir la mente de mi abuelo mientras realizaba  movimientos absurdos y carentes totalmente de ningún sentido. Pero, de repente, sin venir a cuento desposeía a la reina de su principal posición como si la empujara al borde del abismo que era capaz de suponer en una simple partida aquel tablero de madera sin apenas valor material.
Como siempre, transcurrían no más de unas dos horas antes de fijar mi mirada con atención en el dedo índice y en el dedo gordo de la mano izquierda de mi padre y atisbar como éstos  iban dirigiéndose hacia una de las torres para atraparla como si fuesen parte de una de las pinzas de aquellas máquinas de rescatar peluches que yo tanto odiaba, y empujarla por el pasillo de cuadraditos hasta llegar al rey, y súbitamente escuchar el ansiado golpe del  -jaque mate- que era capaz de producir controversias y la vez multitud de satisfacciones, claro está, dependiendo de qué labios desembocase aquel sencillo conjunto de fonemas: “ja-que ma-te” y púm, infinidad de sensaciones.

 Cuántas veces había visto yo a mi abuelo dirigirse hacia la cocina refunfuñando por haber perdido, con su taza de café en la mano, y excusándose en el cansancio que le producían estas fechas de reuniones y excesivos gastos.

Mientras mi abuelo se quejaba, mi padre aprovechaba para introducir cada una de las figuras en una caja de marfil que siempre se había encontrado en la parte superior de una de las vitrinas del salón y que, anteriormente, había pasado desapercibida a mis intereses.  Analizaba como mi padre trataba con más cuidado a figuras como la reina, el rey, los caballos o los alfiles y sin embargo a los peones los desatendía por completo, los introducía en la caja con rapidez, sin ni siquiera pasarlos por el trapo húmedo como hacía con las otras figuras. Siempre me había parecido injusto, aquellas figuritas estaban hechas del mismo material que las otras, sin los peones el juego no se podía llevar a cabo, y aún así  estaban repletas de obstáculos para poder llegar a ejecutar la función que le habían  otorgado  las normas del juego, que no era otra que defender a aquellas grades y señoronas figuras, y sin embargo, después de todo, sus movimientos se sumergían en un mar de limitaciones. Concluyendo, al final iba a ser verdad aquello de que la vida, al fin y a al cabo no ejercía la justicia con igualdad.

A las seis y cuarto de aquel mismo día, mi padre me convenció para dar un paseo por uno de aquellos agobiantes mercados navideños que ponían todos los años en la plaza del centro. “Hace falta comprar algunas cosillas”, decía siempre él. “Qué cosillas” me preguntaba yo, ¿todos los años debíamos de tener la necesidad de comprar las mismas cosas?
Me parecía un poco absurdo. En fin, a regañadientes siempre cedía, aunque solo fuera por intentar pillar algo éste año, aunque fuese una manzana de caramelo de alguno de los carros de chuches que rondaban por los alrededores del mercado.

Iba por la calle de la mano de mi padre, como siempre mirando hacia abajo. Me había percatado que las baldosas del suelo formaban una especie de rombos, que por lo menos en aquella tarde iban a tener por utilidad convertirse en objeto de mi diversión. Mientras iba saltando y esquivando las baldosas más oscuras, procuraba, como es natural, eludir las temerosas alcantarillas, para evitar males mayores. Me encantaba observar con qué perfección funcionaban mis piernas, no eran diferentes, eran sanas, delgaditas, ágiles, medianamente fuertes, como las de cualquier otro niño de mi edad.
De pronto, mi padre me llamó la atención, mantenía el dedo tendido en horizontal, apuntando fijamente a una tiendecilla de adornos navideños que se encontraba a unos diez metros de nosotros, y me recordó que debíamos de comprar una estrella  para el belén que el abuelo Enrique había montado para mí, ya que entre tanto alboroto de cajas, éste había perdido la del año anterior. Comencé a mirarlas todas con detenimiento, había de todos los colores y de todos los tamaños: enormes, gruesas, medianas, apaisadas, pequeñas, brillantes, minúsculas… Vaya, infinidad de modelos para elegir.
 Al cabo de unos cinco minutos, mi mirada se posó en una de ellas, ésta estaba en una esquina, apartada del escaparate y de los mostradores. Era la mejor que había visto en todo el puestecito.  Avisé a mi padre con mi inocencia y típico nerviosismo infantil, señalándole con seguridad la estrella de la esquina, mientras decía “¡Esa, esa! Esa estrella es perfecta para mí”. Mi padre llamó la atención de la atareada dependienta –“Señorita, ¿me puede enseñar aquella estrella de allí?”- La chica se subió en el escalón de la pequeña escalerilla que tenía a su derecha y alzó los brazos para alcanzarla. Cuando la puso en el mostrador, mi padre y la chica se percataron de que aquella estrella era distinta, que algo fallaba. La señorita se dirigió con educación a mi padre y le comentó- “Oh, lo siento señor, le buscaré otra, ésta esta defectuosa, le falta una de las puntas, la tiraré en cuanto pueda para evitar confusiones”. Esas palabras de educación de la chica, sin querer, se introdujeron en mí como punzadas de dolor en mi corazón. Fueron como un empujón para atreverme a retirar el guante de mi mano izquierda y tener la valentía de mostrar mi frustración. Me faltaba el dedo anular, nací con esa pequeña “minusvalía” que a mí me había provocado multitud de limitaciones. Todos tenían las miradas fijas en mi mano. Insistí en llevármela, dejando claro que aquella estrella era perfecta para mí. La chica, un poco desconcertada y percatándose de su ingenua metedura de pata, quiso regalármela, ya que en cierto modo sabía que no la iba a vender. En ese momento mi padre se opuso con rotundidad, obligó a la muchacha a vendérnosla por el mismo precio que podría tener cualquier otra estrella de sus mismas dimensiones y características. Aquella estrella no valía ni más ni menos, valía exactamente igual que todas, servía para decorar el belén de la misma manera que cualquier otra, tenía la misma luminosidad y las mismas cualidades para hacer la función de una magnífica estrella para un bonito belén.


De camino a casa mi padre no paraba de mirarme fijamente. Ese día me sentía distinto pero por primera vez en mi vida no me sentía diferente, seguía siendo aquella estrella defectuosa y aquel peón con limitaciones de siempre. Pero al menos esta vez se filtraba en mí algo tan ineludible como la ilusión y la satisfacción. Mi sonrisa se culminó justo después de escuchar las esperanzadoras palabras de mi padre: “Escucha enano, los peones, pasito a pasito también son capaces de comerse al rey”. 

sábado, 28 de diciembre de 2013

Shizen

Aquella rueda se movía cada vez más rápido, frenéticamente, casi a la velocidad de una archeobacteria, gracias al movimiento repetitivo de sus pequeños pies. Shizen nunca había abierto los ojos, siempre los había mantenido cerrados, ya que desde el momento de su nacimiento nunca hubo nadie cerca para provocar su explosión, su Big Bang, para hacer despertar aquellos dos espacios de luz y de vida. Para Shizen, el universo en sí era oscuro, como un agujero negro que alargaba, estiraba y destrozaba cada vez más sus ideas y sueños de un mundo repleto de felicidad, de esplendor y sobre todo de compañía. 

Diez mil años después surgió un suceso extraño y repentino.  Shizen, aún cegado, sufrió una superposición, una extraña separación de su ser. Sentía que su cuerpo estaba en otro lugar y al mismo tiempo también en su rueda. Cierto lugar era más libre aunque paradójicamente más agobiante. El oxígeno que se introducía sin permiso por sus orificios nasales era mucho más espeso y contaminado que el que él solía respirar en su pequeña cueva. Aquella presión era mucho más densa que la que acostumbraba a sentir en su modelo estándar de vida rutinaria. Lo gracioso es que en aquel lugar sí podía ver, pero las nubes de incertidumbre y de gas tóxico no dejaban pasar la luz pura de la gran estrella a través de ellas. Intentó levantase poco a poco para poder mirar a su alrededor, a pesar de que la fuerza de la gravedad era algo totalmente nuevo para él.

Shizen se encontraba en una especie de montaña puntiaguda y alta, formada de objetos con colores sin vida: antenas parabólicas, cables, plásticos, trozos de aluminio enrollados en una especie objetos metálicos en forma de caja, tentáculos, cilindros, etc. Pasar la mirada sobre cualquier punto de aquel lugar generaba terror, no había más que olor a desnaturalización, a muerte, a simplicidad. ¿Dónde estaba todo aquello que había soñado? ¿Dónde estaban los ríos, los mares, los animales, las flores…? El mundo en la tierra soñada había terminado, ya no había vida en aquella superficie. El cosmos había sufrido una aceleración. La humanidad había avanzado a marchas forzadas y había destrozado su espacio de vida conscientemente. Aquellos seres llamados humanos habían matado la energía natural para crear energía artificial. Para Shizen, que nunca había conocido una sociedad, llegó a la conclusión de que eso solo lo podrían haber hecho unos locos sin sentimientos. Parecía que la tristeza y la desilusión se habían apoderado de él. ¿Sería verdad que su dura función en la vida no había servido para nada? 

Todo aquel tiempo de soledad y sacrificio parecía estar desintegrándose en el vacío de su propia existencia. 

De pronto toda su pesadumbre bifurcó en una imprevista esperanza. Shizen teletransportó su mente a sus inicios. Sus pensamientos regresaron a la oquedad de su extraña cueva. Recordó súbitamente la función de sus pies durante los anteriores 100.000 años. Aquella función de la cual todavía no había cesado a pesar de lo prolongada y angustiosa que resultaba. Shizen pedaleó con más fuerza. Sintió en el fuego de su corazón que la esperanza de aquel mundo residía en su constancia. Quizá todo era más sencillo de lo que parecía. En aquel momento abrió los ojos, era su oportunidad para despertar. Descubrió que su cometido siempre había sido ser el motor que oscila la esperanza de nueva vida en el universo. En ese momento la ilusión atesto su corazón y el mundo comenzó a girar de nuevo. 

(Alba; 10 de febrero de 2011)

sábado, 31 de agosto de 2013

Solitude.

Hay sentimientos como voces
Clamando en el desierto
Dolores, frenesíes, que se quedan en alientos.

Confusión de lo difícil
Cuando piensas en “te quieros”
Complicado es querer lo que a uno le ama
Y no lo que le arrastra por senderos.

Como miradas de ángeles que conducen al infierno
Tus misterios me llevaron a encerrarme en mis silencios.

Qué será la soledad sino mi culmen, mi seducción
Qué será la soledad sino aquello dónde se perdió mi yo
Con ella me encuentro, y sin más razón
Me conmueve de locura, de cordura y salvación.



(Las ideas me rescatan).

sábado, 24 de agosto de 2013

de lira ire

Aquello que llamas locura
-Resurgió de su sinrazón entristecida-
En la divergencia se considera cultura
Renacida de las mentes vivas.

Las palabras, prodigiosas palabras,
Pobres y nobles,  amenazadas por la censura
Malvada que desintegra toda escritura
De dolor se exiliaron a las ideas.
-¿Quién posee el esplendor?-
Aquel al que consideraban índole
-dijeron-
Aquel que se dejó seducir por la mesurada discreción
 Aquel que abandonó la magia en manos del amor.
Y ahora pregunto  yo; cegada de frío fulgor:
 ¿Será el “amor” solo alquimia de un genio que una vez perdió la concentración?


jueves, 22 de agosto de 2013

Líneas.

Aquel pequeño sitúo frente a sí un folio tamaño cuartilla, blanco, liso, terso, de textura delicada. Es curioso, él nunca se había parado a pensar tanto en las cualidades de un simple folio, porque, sinceramente siempre había considerado que hacerse ese estilo de preguntas era algo inútil, o simplemente innecesario.

Aquel folio tenía un pequeño rectángulo en el centro, de bordes negros y medianamente gruesos, sin ningún tipo de carácter educativo, ni creativo, un simple e insulso rectángulo vacío. Aquello que tenía enfrente carecía de cualquier chispa e imaginación. No abordaba a comprender qué vería aquel pequeño en aquello.
El pequeño solo le dijo unas simples palabras con su aflautada y débil voz después de entregarle el folio al anciano Aarón.

-“Antes de que llegue el destino de su viaje, señor, me gustaría que utilizando dos colores cualesquiera de esta cajetilla, rellene usted ese rectángulo que le acabo de poner enfrente suya”-

El anciano Aarón había perdido con los años su antigua habilidad de tener un magnífico y perfeccionado pulso, había perdido, según él, su capacidad de ser virtuoso. Después de mucho tiempo algo, sí, un simple folio, se apoderó de sus frustraciones. El anciano cogió el amarillo y el azul, al azar, sin ni siquiera mirarlos y comenzó a rellenar aquel rectángulo con todas sus energías, con todo su vigor. Con brío consiguió acumular en lo posible su dedicación, concentración, constancia y tiempo que le permitían el momento y el lugar. Incluso en el último instante, cerró sus diminutos y arrugados ojos con fuerza y apretando los lápices con presión comenzó a rellenar partes que no estaban dentro de aquella figura geométrica e insípida. De repente, por culpa del esfuerzo una lágrima del anciano cayó encima del folio consiguiendo que el amarillo y el azul se disolviesen, mezclándose entre ellos, convirtiéndose en un deslucido verde. A simple vista aquello era un simple caos de manchurrones y garabatos.

Aarón abrió lentamente los ojos, y al ver aquel embrollo se entristeció. Miró al pequeño y le dijo: “Pequeño, los años han conseguido que mi fuerza y mi habilidad se desvanezcan, lo siento por no haber podido servirte de mucho en lo que me has encargado, deberías quizá haberle pedido ayuda a otra persona”.

El pequeño, frunció el ceño y sacudió su cabecita de un lado a otro diciendo: “¿Por qué señor?  Les pedí anteriormente ayuda a muchas personas. Al menos usted ha sido único, no ha sido un limitado”. 

Segundos después de pronunciar esas palabras el pequeño desapareció con el folio y los colores. Por así decirlo se esfumó como una visión.

sábado, 17 de agosto de 2013

ESTABLECIDO.

Erase una vez la ciudad de la perfección. Todo estaba establecido.

Todo el que la habitaba tenía la virtud de ser agraciado, atractivo y esplendoroso. En especial un individuo, Sarastro. No rozaba todos los límites de la hermosura, sino que se sumergía en ellos.
La ciudad amanecía con su olor. ¡Soberbio! El roce de sus manos hacía relucir el bronce como oro, del movimiento de sus pestañas parecía colgar el mar, de su voz resucitaba la música como un eco en la montaña, la brisa dibujaba su fisonomía  inverosímil y a la vez armónica, melódica, impecable, intacta. Su cuerpo provocaba el delirium tremens de la envidia. Su belleza deseaba el resentimiento de la esencia anómala. Su ser acarreaba el culmen de la palabra “perfección”.  
Día tras día se consideraba más feliz y adorado, deseado por cualquier mortal. Considerado invencible,  faraón de la divinidad terrenal. No había día en la ciudad de la perfección que no se hablase de la belleza de Sarastro.

Vivía, vivía mientras pensaba- “No podría estar más satisfecho de mi mismo”-.

Como cualquier tarde cayó la noche, el horizonte oscureció. Oscureció para no volver a aclararse con la luminosidad de la belleza. En aquella noche cada uno de los habitantes de dicha ciudad perdió su hermosura, sus cuerpos comenzaron a filtrarse de imperfecciones, desdichas y errores… de enfermedades y miedos, sonrisas y llantos. Exceptuando a uno, a Sarastro.

La ciudad de la perfección pasó a llamarse Mundo. Todo estaba establecido.

Cien días y cien noches conviviendo con la imperfección.  Sarastro dejo de ser adorado por las gentes. Nadie podía adorar algo que estaba sobrepasando el límite de lo instaurado. ¿Cómo iban a poder?
Desde el primer momento de aquel repentino cambio fue repudiado, rechazado por sus notables diferencias. Aquella masa de gente ya no podía comprender cierta luminosidad. Su felicidad se esfumaba como un castillo de arena construido en la orilla en un día de oleaje. Cien días y cien noches fueron suficientes para conseguir que Sarastro se fuese consumiendo de tristeza y de inseguridad. A la ciento y una noche murió. Murió por su ingrata belleza. Por corromper.

Moría, moría mientras pensaba – “No podría estar más insatisfecho de mí mismo”-.