domingo, 15 de marzo de 2015
No decir nada
No decir nada.
Es mejor que no lo intente
A veces, sólo el alma explica
De sincero corazón y remota mente
Lo que el cuerpo necesita
No hay razón para entenderme
Cuando de sinrazones se aplica
Aquel discurso de fuerza indemne
Que en mis labios aún habita.
Alba J.G
miércoles, 1 de octubre de 2014
Mi memoria.
Me da pavor el
disfrutar de algo que un día será extinguido,
Me da terror el
descifrar algún amor que hallé prohibido…
¿Dónde estoy?
Me sobresalto con los transcursos de tiempo
mal compartido,
Siento cobardía por las caricias que algún día serán olvido…
¿Quién fui?
No existe más
espanto en mi razón que el perder todo lo sabido,
No recordar mi
sentimiento aunque fuese mal repartido…
¿Por qué?
No existe más
turbación en mi vestigio que el escapar de lo vivido,
De no poder
recordar algo que hizo de mi existir, sentido…
Vida.
Me aprisiona y
me enmudece el envejecer sin mi memoria.
Alba J.G.
martes, 9 de septiembre de 2014
Carta a un amigo.
Felicidad.
Es una palabra muy satisfactoria a la vez que utópica. Supongo que cuando damos las “felicidades” a los demás en su día, ni siquiera pensamos en el valor de la palabra que estamos deseando, aunque ahora mismo pienso que debo reflexionarla y meditarla antes de dispensar esta palabra tan especial a cualquiera, así, a lo loco.
A lo largo de mi vida, de mi corta vida, siempre he intentando buscar las palabras exactas que definan la felicidad, y realmente esto es bastante complicado, lo único que he sacado en claro es que la felicidad realmente no existe como tal, sino que es algo que crece en nuestro interior cuando estamos satisfechos con nosotros mismos y con la vida. Considero que algo así no se puede dar… lo único que se puede es desear. Yo por tanto no te doy las felicidades sino que te las deseo, deseo que siempre encuentres algo dentro de ti que te permita ser una persona segura y dichosa, y que si en ese momento las circunstancias no te lo permiten, seas capaz de salir del pozo de la desesperanza y buscar y luchar por lo que realmente sabes que saca lo mejor de ti.
Bueno, esta carta no sólo la he escrito para felicitarte los diecinueve años, que por cierto espero que sea el mejor año de todos, conociendo gente nueva, percibiendo puntos de vista diferentes, disfrutando de la vida universitaria, etc. Sino que también es una carta para darte las gracias por tu amistad, que aunque a veces pienses que no la valoro, sí que lo hago, y aunque tal vez no te lo diga muy a menudo, eres mi mejor amigo, y la verdad es que conozco bastante gente afable como para otorgarle ese puesto, pero te lo llevas tú… porque si ya eras bueno conmigo incluso antes de conocerme, pues imagínate después de conocerme, eras sorprendente en el mejor de los sentidos.
Has sido un gran confidente y un excelente consejero, aparte de tener que soportar todas mis pesadumbres, y aunque a veces no lo haya hecho del todo bien contigo, nunca me has guardado rencor y tampoco me lo has tenido en cuenta a la hora de ayudarme. Muchas gracias por entrar en mi vida, estoy muy orgullosa de ti y de la gran persona que eres. Todas las cosas que en un pasado me has dicho y escrito se han guardado en mi memoria y por consiguiente en mi corazón, y han formado parte de mi satisfacción personal y bienestar interior, anteriormente y en el presente. Ojalá no cambies nunca amigo, si sigues así conseguirás llegar a los corazones de miles de personas más, como has conseguido llegar al mío.
Un beso y un abrazo enorme, te quiero mucho.
Fdo.: tu loca amiga Alba.
"Deben buscarse los amigos...
"Deben buscarse los amigos...
como los buenos libros"
sábado, 16 de agosto de 2014
¿Sinceridad?
Sinceridad. Bonita palabra, ¿Se puede ser sincero amablemente? Supongo que sí, supongo que no si tu intención es la contraria. Supongo que ser irascible, borde, cortante, etc., no es ser sincero sino que es otra manera más de dar definición (de forma socialmente mejor aceptada) a la mala educación, porque queda atractivo o porque sencillamente da al individuo un aire de dureza y superioridad muy sensual, o quizás lo único que puede parecer ese ser es un verdadero capullo integral y ni siquiera percatarse. Bueno, yo realmente no estoy aquí para juzgar la conducta de nadie, o sí.
No caigáis en el dogmatismo cínico de creeros con la potestad del descreimiento absoluto, porque eso lo único que hace es convertiros en más imbéciles de lo que el consorcio ya os ha convertido.
P.D: Si quieres ser comprendido, debes saber escuchar.
Alba J.G.
miércoles, 25 de junio de 2014
Artistas de la rambla.
La calle de los perdidos es un callejón sin salida donde
deambulan angustiosos los transeúntes de la ciudad de Nilia. Artistas de la
rambla, nunca tuvieron morada y desconocen por tanto la descripción de hogar y
molicie. Para ellos dar su dirección es mirar al cielo y señalar el sol, que
aún eclipsado por las alondras es capaz de emitir la luz de la certidumbre.
Ninguno
de ellos se conocen, nunca intercambian palabras, se limitan a mirarse a los
ojos y a husmear su propia piel para encontrarse a ellos mismos en el ser del
otro errante. Encogen su cuerpo, sus pupilas se dilatan, y a la caída de sus
párpados comparece el descanso. El descanso de la agonía, de la desesperanza.
El descanso de la miseria. El reposo de la desgracia.
Los transeúntes del callejón de los perdidos, en sueños se
vuelven artistas, colorean de imaginación y deseo la utópica ciudad de Nilia. Donde
no viven olvidados, donde hay caricias de una familia. Donde los sueños se
vuelven arte y los callejones sin salida, se vuelven desidia.
(La ciudad de Nilia en sueños, son los ojos del corazón.)
domingo, 9 de marzo de 2014
Jaque al vammainen
Y allí estaba yo, como todos los años en la víspera de
Navidad, intentando adivinar que se cocía por allí arriba. Sí, desde muy enano me preguntaba qué hacían
mi padre y mi abuelo Enrique sentados durante tantas y tantas horas en aquella
mesilla, cuya superficie no era apenas capaz de vislumbrar por mi reducida
estatura, no porque fuese bajo, sino
porque era un simple ser de no más de siete años, que a pesar de las características curiosas y aventureras, típicas
de su edad, se preguntaba más “por qués” que cualquier otro niñito de su
generación.
Aquel año, al acercarme tan estrechamente a aquel
tablero de cuadraditos blancos y negros, de canto grueso y superficie
reluciente, sentía como por fin me rozaba la nariz con el borde de la mesilla.
Era capaz de sentir las ondas sonoras del golpe de las figuras al posarse
infaliblemente sobre sus respectivos cuadraditos. Observaba cómo mi padre
siempre mostraba la misma jugada, exhibía dos de sus peones blancos nada más
comenzar, intentando persuadir la mente de mi abuelo mientras realizaba movimientos absurdos y carentes totalmente de
ningún sentido. Pero, de repente, sin venir a cuento desposeía a la reina de su
principal posición como si la empujara al borde del abismo que era capaz de
suponer en una simple partida aquel tablero de madera sin apenas valor
material.
Como siempre, transcurrían no más de unas dos horas antes
de fijar mi mirada con atención en el dedo índice y en el dedo gordo de la mano
izquierda de mi padre y atisbar como éstos iban dirigiéndose hacia una de las torres para
atraparla como si fuesen parte de una de las pinzas de aquellas máquinas de
rescatar peluches que yo tanto odiaba, y empujarla por el pasillo de
cuadraditos hasta llegar al rey, y súbitamente escuchar el ansiado golpe del -jaque mate- que era capaz de producir
controversias y la vez multitud de satisfacciones, claro está, dependiendo de qué
labios desembocase aquel sencillo conjunto de fonemas: “ja-que ma-te” y púm,
infinidad de sensaciones.
Cuántas veces
había visto yo a mi abuelo dirigirse hacia la cocina refunfuñando por haber
perdido, con su taza de café en la mano, y excusándose en el cansancio que le
producían estas fechas de reuniones y excesivos gastos.
Mientras mi abuelo se quejaba, mi padre aprovechaba para
introducir cada una de las figuras en una caja de marfil que siempre se había
encontrado en la parte superior de una de las vitrinas del salón y que,
anteriormente, había pasado desapercibida a mis intereses. Analizaba como mi padre trataba con más cuidado
a figuras como la reina, el rey, los caballos o los alfiles y sin embargo a los
peones los desatendía por completo, los introducía en la caja con rapidez, sin
ni siquiera pasarlos por el trapo húmedo como hacía con las otras figuras.
Siempre me había parecido injusto, aquellas figuritas estaban hechas del mismo
material que las otras, sin los peones el juego no se podía llevar a cabo, y
aún así estaban repletas de obstáculos
para poder llegar a ejecutar la función que le habían otorgado
las normas del juego, que no era otra que defender a aquellas grades y
señoronas figuras, y sin embargo, después de todo, sus movimientos se sumergían
en un mar de limitaciones. Concluyendo, al final iba a ser verdad aquello de que
la vida, al fin y a al cabo no ejercía la justicia con igualdad.
A las seis y cuarto de aquel mismo día, mi padre me
convenció para dar un paseo por uno de aquellos agobiantes mercados navideños
que ponían todos los años en la plaza del centro. “Hace falta comprar algunas
cosillas”, decía siempre él. “Qué cosillas” me preguntaba yo, ¿todos los años
debíamos de tener la necesidad de comprar las mismas cosas?
Me parecía un poco absurdo. En fin, a regañadientes siempre
cedía, aunque solo fuera por intentar pillar algo éste año, aunque fuese una
manzana de caramelo de alguno de los carros de chuches que rondaban por los
alrededores del mercado.
Iba por la calle de la mano de mi padre, como siempre
mirando hacia abajo. Me había percatado que las baldosas del suelo formaban una
especie de rombos, que por lo menos en aquella tarde iban a tener por utilidad
convertirse en objeto de mi diversión. Mientras iba saltando y esquivando las
baldosas más oscuras, procuraba, como es natural, eludir las temerosas
alcantarillas, para evitar males mayores. Me encantaba observar con qué
perfección funcionaban mis piernas, no eran diferentes, eran sanas, delgaditas,
ágiles, medianamente fuertes, como las de cualquier otro niño de mi edad.
De pronto, mi padre me llamó la atención, mantenía el
dedo tendido en horizontal, apuntando fijamente a una tiendecilla de adornos
navideños que se encontraba a unos diez metros de nosotros, y me recordó que
debíamos de comprar una estrella para el
belén que el abuelo Enrique había montado para mí, ya que entre tanto alboroto
de cajas, éste había perdido la del año anterior. Comencé a mirarlas todas con
detenimiento, había de todos los colores y de todos los tamaños: enormes,
gruesas, medianas, apaisadas, pequeñas, brillantes, minúsculas… Vaya, infinidad
de modelos para elegir.
Al cabo de unos cinco
minutos, mi mirada se posó en una de ellas, ésta estaba en una esquina,
apartada del escaparate y de los mostradores. Era la mejor que había visto en
todo el puestecito. Avisé a mi padre con
mi inocencia y típico nerviosismo infantil, señalándole con seguridad la
estrella de la esquina, mientras decía “¡Esa, esa! Esa estrella es perfecta
para mí”. Mi padre llamó la atención de la atareada dependienta –“Señorita, ¿me
puede enseñar aquella estrella de allí?”- La chica se subió en el escalón de la
pequeña escalerilla que tenía a su derecha y alzó los brazos para alcanzarla.
Cuando la puso en el mostrador, mi padre y la chica se percataron de que
aquella estrella era distinta, que algo fallaba. La señorita se dirigió con
educación a mi padre y le comentó- “Oh, lo siento señor, le buscaré otra, ésta esta
defectuosa, le falta una de las puntas, la tiraré en cuanto pueda para evitar
confusiones”. Esas palabras de educación de la chica, sin querer, se
introdujeron en mí como punzadas de dolor en mi corazón. Fueron como un empujón
para atreverme a retirar el guante de mi mano izquierda y tener la valentía de mostrar
mi frustración. Me faltaba el dedo anular, nací con esa pequeña “minusvalía”
que a mí me había provocado multitud de limitaciones. Todos tenían las miradas
fijas en mi mano. Insistí en llevármela, dejando claro que aquella estrella era
perfecta para mí. La chica, un poco desconcertada y percatándose de su ingenua
metedura de pata, quiso regalármela, ya que en cierto modo sabía que no la iba
a vender. En ese momento mi padre se opuso con rotundidad, obligó a la muchacha
a vendérnosla por el mismo precio que podría tener cualquier otra estrella de
sus mismas dimensiones y características. Aquella estrella no valía ni más ni
menos, valía exactamente igual que todas, servía para decorar el belén de la
misma manera que cualquier otra, tenía la misma luminosidad y las mismas
cualidades para hacer la función de una magnífica estrella para un bonito
belén.
De camino a casa mi padre no paraba de mirarme
fijamente. Ese día me sentía distinto pero por primera vez en mi vida no me
sentía diferente, seguía siendo aquella estrella defectuosa y aquel peón con
limitaciones de siempre. Pero al menos esta vez se filtraba en mí algo tan ineludible
como la ilusión y la satisfacción. Mi sonrisa se culminó justo después de
escuchar las esperanzadoras palabras de mi padre: “Escucha enano, los peones,
pasito a pasito también son capaces de comerse al rey”.
sábado, 28 de diciembre de 2013
Shizen
Aquella rueda se movía cada vez más rápido, frenéticamente, casi a la velocidad de una archeobacteria, gracias al movimiento repetitivo de sus pequeños
pies. Shizen nunca había abierto los ojos, siempre los había mantenido
cerrados, ya que desde el momento de su nacimiento nunca hubo nadie cerca para provocar
su explosión, su Big Bang, para hacer despertar aquellos dos espacios de luz y
de vida. Para Shizen, el universo en sí era oscuro, como un agujero negro que
alargaba, estiraba y destrozaba cada vez más sus ideas y sueños de un mundo
repleto de felicidad, de esplendor y sobre todo de compañía.
Diez mil años
después surgió un suceso extraño y repentino. Shizen, aún cegado, sufrió una superposición,
una extraña separación de su ser. Sentía que su cuerpo estaba en otro lugar y
al mismo tiempo también en su rueda. Cierto lugar era más libre aunque
paradójicamente más agobiante. El oxígeno que se introducía sin permiso por sus
orificios nasales era mucho más espeso y contaminado que el que él solía respirar
en su pequeña cueva. Aquella presión era mucho más densa que la que
acostumbraba a sentir en su modelo estándar de vida rutinaria. Lo gracioso es
que en aquel lugar sí podía ver, pero las nubes de incertidumbre y de gas
tóxico no dejaban pasar la luz pura de la gran estrella a través de ellas.
Intentó levantase poco a poco para poder mirar a su alrededor, a pesar de que
la fuerza de la gravedad era algo totalmente nuevo para él.
Shizen se encontraba en una especie de montaña puntiaguda y
alta, formada de objetos con colores sin vida: antenas parabólicas, cables,
plásticos, trozos de aluminio enrollados en una especie objetos metálicos en
forma de caja, tentáculos, cilindros, etc. Pasar la mirada sobre cualquier punto
de aquel lugar generaba terror, no había más que olor a desnaturalización, a
muerte, a simplicidad. ¿Dónde estaba todo aquello que había soñado? ¿Dónde
estaban los ríos, los mares, los animales, las flores…? El mundo en la tierra
soñada había terminado, ya no había vida en aquella superficie. El cosmos había
sufrido una aceleración. La humanidad había avanzado a marchas forzadas y había
destrozado su espacio de vida conscientemente. Aquellos seres llamados humanos habían
matado la energía natural para crear energía artificial. Para Shizen, que nunca
había conocido una sociedad, llegó a la conclusión de que eso solo lo podrían
haber hecho unos locos sin sentimientos. Parecía que la tristeza y la
desilusión se habían apoderado de él. ¿Sería verdad que su dura función en la vida
no había servido para nada?
Todo aquel
tiempo de soledad y sacrificio parecía estar desintegrándose en el vacío de su
propia existencia.
De pronto toda su pesadumbre bifurcó en una imprevista
esperanza. Shizen teletransportó su mente a sus inicios. Sus pensamientos regresaron
a la oquedad de su extraña cueva. Recordó súbitamente la función de sus pies
durante los anteriores 100.000 años. Aquella función de la cual todavía no
había cesado a pesar de lo prolongada y angustiosa que resultaba. Shizen
pedaleó con más fuerza. Sintió en el fuego de su corazón que la esperanza de
aquel mundo residía en su constancia. Quizá todo era más sencillo de lo que
parecía. En aquel momento abrió los ojos, era su oportunidad para despertar.
Descubrió que su cometido siempre había sido ser el motor que oscila la
esperanza de nueva vida en el universo. En ese momento la ilusión atesto su
corazón y el mundo comenzó a girar de nuevo.
(Alba; 10 de febrero de 2011)
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